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SIESTA

Nela Iturralde



Ni una leve brisa, salvo el fuego del sol y el zumbido ensordecedor de los insectos. Todo el mundo duerme en la casa, hasta los perros yacen como desmayados a la sombre de la galería. Lo único que indica que están vivos es el movimiento de las orejas cuando espantan las moscas,. Con las piernas rasguñadas y resecas por el polvo, Pelusa trepa la pared y luego salta la reja, renovando la sangre del raspón que lleva en la rodilla izquierda a fuerza de hacer todos los días lo mismo: escapar a la calle a la hora de la siesta. Ya fuera, se sienta en los escalones rotos de la entrada mientras se limpia la herida con saliva. Arde un poco. 

La calle está desierta pero ella mira atentamente hacia la esquina de la forrajería. De repente, aparece un carro tirado por un caballo gris, muy lustroso y bien cuidado que contrasta con el carro deslucido. Un hombre lo conduce, pero la niña sólo tiene ojos para el látigo negro y larguísimo que hace restallar sobre las ancas del animal. Pelusa piensa que ese chasquido hace estremecer a los enormes plátanos que crecen a cada lado de la vereda de la misma manera que a ella la estremece mirar la cara del hombre: flaco, huesudo, con un rostro cruel donde destacan la nariz ganchuda y los ojos fríos. La chica vuelve a mirar el brazo fibroso, lleno de venas azules, que enarbola el látigo. El carro pasa y Pelusa suspira sin hacer ruido, conteniendo el aire. El hombre ni la ha mirado.

Sin quitar la vista de la esquina, de repente ve venir a un chico que camina cautelosamente, mientras otea con una mano sobre los ojos el carro que ya está muy lejos. Debe tener unos doce años, pero su cuerpo es el de un adolescente., de piernas velludas , corpulento y bastante más alto que su amiga. Cuando comprueba que el carro está definitivamente lejos, regresa a su casa y en pocos segundos vuelve con una pelota bajo el brazo. 

-¡dale, Pelusa, vamos a jugar un partido de vereda a vereda!

Brillan los ojos de la niña y se levanta de un salto. Con las piernas algo separadas, se planta entre dos plátanos esperando el pelotazo que viene del otro lado de la calle. A cada devolución, los pies levantan una nube de tierra que cubre los rostros de los niños donde sólo relucen los ojos excitados por el juego. A pesar de la mugre, de las piernitas flacas, del pelo desgreñado, Pelusa no puede ocultar su condición de niña: siempre pierde los partidos, el chico es mucho más fuerte y los pelotazos le dan miedo, entonces los deja pasar.

-¡Tramposo, dijimos que fuerte no valía, no juego más con vos!
-Bueno, está bien, ese no vale, tiro de nuevo.

Es una visión irreal la de los dos chicos solos en esa calle desierta y ardiente, jugando casi en silencio para no ser escuchados, apartados de la realidad por la magia del juego... 

De repente, Pelusa grita::
-¡Corré, corré que vuelve, corré, Tito!

Se mezclan las piernas del chico con el polvo, la pelota y el látigo. A través de las lágrimas, Pelusa alcanza a ver la mano de Tito que se frota el cuello rojo por el latigazo y el carro negro que desaparece en la esquina.

Aterrada, trepa a toda velocidad la reja y sin aliento se sienta en el borde del corredor, temblando. Diana, la perra , le lame la carita mojada. En ese momento se abre la puerta de la pieza y aparece su madre arreglándose el vestido floreado. Detrás, seguro, viene su padre, piensa. 

- Ah, sos vos. Así, me gusta, que hagas caso. Ya sabés que no quiero que andes en la calle a la hora de la siesta. 

Le responde el sonido vibrante de las chicharras...


 

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