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EL DIA DE LA VENGANZA

Carlos Andrés Andina



Sé, mejor que nadie, que yo mismo seré 
mi única víctima.   Y sin embargo, no me cuidaré 
por maldad. 
Fedor Dostoievski. 

El espíritu subterráneo (segunda parte, capítulo uno) 


Es cierto que pensaste vivir sin problemas, en formar tu familia, tu hogar, infinidad de veces lo hiciste, ya se sabe, pero eso ahora poco importa. En estos instantes, tu conciencia te dice que en vez de desear esa revancha, deberías reconocer que es inútil y peligroso cometer semejante cosa, más, deberías pensar como evitar esas consecuencias irremediables que procederán desde tu propio puño y espada. Ahora tu mirada se enfoca en el espejo y descubrís las bolsas debajo de tus ojos; significa que no pegaste un ojo desde hace tres días por esa maldita idea, y te parece que está mal, pero lo mismo, tenés que hacerlo, para dormir ya habría tiempo, si es que no... 
Una sombra se proyecta sobre la cama de tu dormitorio, pensás: "hoy es el día", volvés a pensar: "hoy es el día y me las van a pagar", la sombra que puede ser tu propio miedo se hace dos veces más chica; te alejás de la cama y cerrás la puerta. Seguís repitiendo lo mismo como un maniático, hoy lo tenés que hacer, de lado queda el dolor de los otros y que-le-vas-a-hacer, estás obligado. En los momentos que siguen empezás a pensar si vale la pena, para desgracia tuya descubrís que no tenés "nada que perder", es así que decís para tu adentro: "me da lo mismo"; paradójicamente surgen las primeras lágrimas, corren por tus pómulos, se pierden en tu boca y caen desde el mentón al suelo, rápidamente dejás de llorar al saber que esa es otra forma de tu propio temor. Siempre te preguntaste que era el temor, desde chiquito; vos que sos un tipo corajudo creíste que nunca lo conocerías, que jamás sentirías esa sensación, ahora te toca sudar la gota gorda sin haber probado nunca su sabor; y la incertidumbre, esa espada de Damocles que oscila y oscila... Es asombroso como un hombre recio puede perder su seguridad. No deberías culparte por sentir miedo, esas cosas (como dice la gente), suceden periódicamente; un boxeador puede sentir estupor al subir al cuadrilátero, o bien, un soldado puede descomponerse en el medio de una emboscada. El más mínimo susto nos hace perder toda autosuficiencia, entonces, al ser todo tan normal como es, no deberías sentirte responsable de tu actual miseria, (pobre de vos). 
Súbitamente abandonás tu cuarto, buscas un lugar más abierto, elegís el salón comedor, al entrar en el comedor hay una mesa bastante amplia, sobre dicha mesa un florero vacío y un portarretrato, ni bien terminás de admirarlo lo arrojás violentamente, ahora ha quedado boca abajo sobre la alfombra y ya no se puede ver la foto; la ventana continúa cerrada, el día está nublado, la calle casi desierta; es el momento ideal, pero preferís esperar un poco más, esperás un milagro, el milagro no viene, y muchos ojos, ojos, ¡ojos!, están en todos lados, todos esos malditos ojos, bien abiertos; estúpidos ojos por doquier, retinas y más retinas, globos oculares, etcétera. Luego bajás las persianas... 


La muerte es el remedio de todos los males;
pero no debemos echar mano de éste 
hasta última hora.
Jean-Baptiste Poquelin (Molière) 

Tus manos, las manos, todas las manos, todos los dedos apretados, un ojo despierto, dos ojos despiertos, infinitos ojos mirándote, límite, locura, cuanto espanto, cuanto asombro, el espejo refleja la efigie de tu insensatez y cuando la enigmática daga se levanta la incredulidad aumenta. Se percibe en el aire una atmósfera desconocida, aterradora, proveniente de regiones ignotas por los hombres vivos. ¿Dónde está la salvación?, no la hay, nunca la hubo, desde el primer momento la condena cae sobre nuestros hombros, nuestros guiones ya fueron escritos. "No hay nada que hacer", pensás, "nada que se pueda hacer salvo...", evocar viejos recuerdos que nos salven de la tristeza, pero de todos modos es inútil, estas frito pajarito. Apretás la daga con fuerza, "el maldito está condenado y nadie lo va a salvar", "no me importa lo que venga luego", la decisión ya está tomada; mala suerte para él. 

Es cierto que no te importaba nada, por eso a las nueve de la mañana consumaste tu venganza. Todos los ojos del barrio estaban sobre tu cuerpo, inerte, manchado de sangre. Dejaste una nota que decía: "A todos los que me han conocido, sepan que mi propio enemigo era yo mismo. Por favor, como un último pedido: no lloren mi muerte"; pero las lágrimas abandonaron sus ojos, las manos reposaron sobre tu cabello, todas las manos, todos los ojos, todas las lágrimas, tus padres y hermanos observan con terror tus ojos extraviados y la sangre sigue brotando y la muerte te aleja de este mundo. 
Has perdido mucho, perdite todo, sólo ahora lo lamentás y descrubrís que tu venganza te ha llevado a la eterna oscuridad. 


 

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